Este relato responde a un artículo de Arturo Perez Reverte que demuestra una extraña simpatía por un "maestro" despreciable y un modelo de educación caduco. Creo que ya es hora de crecer y admitir que nuestras infancias no fueron idílicas.
"Lo recuerdo como si fuera ayer y mira que hace más de 30
años. Aquel maestro de ajedrez, cuyo nombre mi memoria ha borrado, entraba en
la sala y mi corazón empezaba a latir de forma acelerada. Su sola presencia me
asustaba, algo me oprimía la garganta y me costaba respirar. Jamás dije
nada, a pesar de pasarlo fatal, no quería que me tocara a mí la hostia que
siempre llevaba disponible, como guardada en el bolsillo. Yo no crecí con miedo
a la oscuridad, al agua o a los perros, como
un niño cualquiera, yo crecí con miedo a “Don Severo”. En cuanto el hombre
echaba a mi padre, como al resto de padres de la sala, mis piernas empezaban a
temblar y yo, mira si era listo aunque era chico, hacía un esfuerzo tremendo
por apretar los pies contra el suelo y me concentraba en las fichas, rezando
para que esa hora terrible pasara lo más rápido posible.
